01.02.2010 Con este último numero de 2009, aprovecho la oportunidad para expresarles mis saludos fraternos a cada uno de ustedes y compartir lo que hemos vivido durante el año próximo a concluir. Quizás cuando esta revista llegue a sus manos estén viviendo plenamente el acontecimiento de la Navidad y el inicio del 2010.
por Hermit Aguayo Garcés, OH - Superior Provincial
El final de un año invita a la reflexión, y esta es una actividad para la que cada vez tenemos menos tiempo, de hecho, normalmente todo se hace rápido y sintético, y nosotros mismos tenemos la permanente tentación de reducir nuestra historia, nuestro carisma a una especie de “edición de bolsillo”, o sea algo rápido que no exige demasiado; que no implica excesivo compromiso y así reducimos todo a una adhesión mínima. Su consecuencia, en nuestras vidas, nos acerca al riesgo de la mediocridad. Creo que como religiosos con una opción radical, con una vocación que es testimonio profético para el mundo, tenemos un trabajo mucho más interesante, más vivo, más humano y más humanizador en el mundo y en las circunstancias en las que estamos llamados a vivir. Ese debería ser nuestro testimonio y también el camino para una vida plena e intensa.
Lo que nos salva de la mediocridad es poder mirar y renovar en nosotros la pasión por la misión, ya que allí esta la fuente que un día nos inspiró San Juan de Dios y que con nuestra libertad, con nuestro sí personal, se renueva y se adapta al mundo de hoy, volviendo a hacer presente el espíritu y el carisma de la misericordia; lo cual, a la vez, nos colma personalmente. Este es un trabajo que tiene herramientas específicas: la vida comunitaria, la formación, la vida apostólica, los sacramentos y la vida de oración. Son estos los medios que nos permiten vencer la mediocridad y la comodidad.
Estas palabras son una invitación al trabajo personal y a revisar lo actuado por cada uno en su trabajo. Pienso que también se aplica perfectamente a los colaboradores que, con una vocación diferente, también tienen el trabajo de hacer vivo el carisma juandediano en nuestras obras apostólicas.
Dicho esto, y aplicando esta reflexión sobre lo realizado en la provincia, me permito decir que hemos vivido diferentes iniciativas y compartido momentos con el fin de renovar y potenciar nuestra misión, no solamente en las comunidades sino también en los centros de la provincia.
Recientemente, hemos vivido en México la celebración del Capítulo General Extraordinario donde se consensuaron los nuevos Estatutos Generales que próximamente estarán en vigencia. El trabajo desarrollado por los hermanos capitulares en Guadalajara ha tenido como propósito principal la adecuación de la Orden a las realidades y desafíos que hoy debemos abordar. El principal aporte del documento está referido a la participación de los colaboradores como parte de la familia juandediana.
A nivel de formación permanente, hemos compartido en Chile los Ejercicios Espirituales de la Provincia. Destaco la participación activa de los hermanos de nuestra provincia en un momento enriquecedor para nuestra vida fraterna. Agradezco especialmente la participación del Hno. Pascual Piles, quien desde la conducción de los ejercicios generó un buen clima de trabajo y nos ayudó a profundizar la espiritualidad de nuestro fundador y confrontarla con la realidad de hoy. Ha sido un rico momento de reflexión que nos anima a continuar con nuestro trabajo en el camino de la hospitalidad.
También, organizamos el encuentro de formación permanente para hermanos y colaboradores sobre la gestión carismática, oportunidad en la que fuimos acompañados por el Hno. Miguel Ángel Varona. Este encuentro tuvo una proyección para toda la Orden en América, al igual que el encuentro de Escuela de Hospitalidad celebrado en Colombia, del cual también participamos como provincia. Estas son iniciativas concretas de renovación de la Orden a los desafíos de hoy, a lo cual somos expresamente invitados por nuestro hermano general Donatus Forkan en su carta “El rostro de la Orden cambia”. Al respecto, desde la provincia hemos impulsado el trabajo comunitario y a nivel de centros a fin de adherirnos a esta invitación que nos sugiere nuestro hermano general.
Sería ambicioso pretender hacer referencia de todos los momentos vividos, pero me parece importante que cada uno de ustedes pueda revivir los diferentes acontecimientos que a nivel de la Orden, a nivel de la provincia, o a nivel comunitario sean significativos. Por ejemplo, la beatificación de nuestro hermano Eustaquio Kugler, quien con su testimonio actual nos invita a vivir nuestra vocación de hermanos hospitalarios de San Juan de Dios, con radicalidad y audacia.
Estamos concluyendo 2009 y, como es lógico, son muchos los hechos que hemos podido vivir como hermanos, colaboradores, voluntarios y bienhechores, en una palabra como familia juandediana. Les invito a renovar este compromiso de continuar trabajando con igual o mayor intensidad en aquellas realidades donde nos toca vivir. Que el año nuevo próximo a comenzar esté lleno de realizaciones en nuestra vida de hermanos y en la vida de cada uno de los colaboradores. Para eso, creo que es necesario continuar trabajando unidos en la figura de nuestro fundador San Juan de Dios. Es responsabilidad de cada uno de nosotros que este carisma siga vivo en las obras que llevamos en nuestra provincia.
Pido a Cristo el Señor y a su Madre, la Virgen María, que nos sostenga en la fidelidad y entrega, como lo han hecho todos nuestros hermanos que nos han precedido en el servicio de la hospitalidad. Pido también, que ellos sean nuestros intercesores ante el Señor.
A todos les deseo que puedan tener una fiesta de Navidad rebosante de paz y de abundancia en las bendiciones del Señor. Que iniciemos un fructífero 2010.